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5 de abril de 2012

Lo que Jesucristo padeció de parte de sus apóstoles.


Los más cercanos a mí me han abandonado. (Job., XIX, 14)

La Captura de Cristo - Caravaggio


por el Padre Andrés Hamón ***

Meditaremos lo que padeció Jesucristo con ocasión de sus Apóstoles, a saber: 1º en la traición de Judas; 2º en la negación de San Pedro; 3º en la deserción de los otros Apóstoles. – Tomaremos en seguida la resolución: 1º de desconfiar de nosotros mismos y poner nuestra confianza en Dios únicamente; 2º de soportar con paciencia todas las penas que nos vienen de las criaturas, aun de nuestros amigos. Nuestro ramillete espiritual será la queja de Job, aplicada a Nuestro Señor: Los más cercanos a mí me han abandonado. (Job., XIX, 14)

Meditación

Adoremos al Corazón de Jesucristo, tan amante de sus Apóstoles, tan paciente con sus defectos, tan generoso en los favores de que les colma; y no obstante tanta bondad, se ve traicionado, negado, abandonado por ellos. Adoremos su misericordia, alabemos y bendigamos su indulgencia con sus debilidades humanas.

Punto Primero

Jesús vendido por Judas

Nuestro Señor había colmado a Judas de sus bondades; le había hecho su Apóstol y su amigo y honrado con el don de milagros. En la última Cena, le había lavado los pies, se había dado todo entero a él en la Comunión; y, en lugar de agradecer tantos beneficios, el infeliz le vende a los judíos por treinta dineros, marcha a la cabeza de los enemigos que va a prenderle y le da el pérfido beso, señal convenida para designar a los soldados aquél a quien debían prender.

¡Oh! ¡Cuán dolorosa fue esta traición para el corazón de Jesús! Sí, cuando se ama, es doloroso no poder hacerse amar, ¿qué será no recibir, en cambio de su amor, sino perfidia y maldad? Nuestro Señor quiso soportar esta pena para consolar a aquellos a quienes hacen gemir la ingratitud o la perfidia, y enseñarle cómo deben conducirse en estas circunstancias. No opuso a la traición sino bondad y mansedumbre. ¡Amigo! le dice a Judas. Esto es decirle: Si tú ya no me amas, yo te amo siempre y estoy dispuesto a darte el perdón, como lo estoy a recibir la injuria que sin razón me haces. Lo que era decirnos a nosotros que no debemos enfadarnos jamás ni aún contra aquellos que nos ofenden, teniendo más obligación de amarnos; que sintamos más bien compasión que indignación con el que nos falta, y no perder jamás, la confianza en la divina misericordia, puesto que Jesucristo conservó el nombre de amigo a Judas, aun después de su crimen. “¿Por qué vienes a entregarme?” agrega el Salvador. ¡Cuánto sentimiento hay en este por qué? ¡Por treinta dineros, la maldición de Dios! ¡Por un vil interés temporal, la reprobación eterna! ¡qué locura! ¿Por qué, ¡oh, alma cristiana! esos cuidados, esa solicitud para satisfacer el orgullo, la ambición, la concupiscencia? ¿Qué ventaja sacaréis de ello? ¿Por qué esa tibieza en el servicio de Dios, esa frialdad en la oración, ese tiempo perdido en conversaciones inútiles, en lecturas frívolas?  ¿Qué os aprovechará? ¿Por qué toda vuestra vida? ¿Por qué cada una de vuestras acciones? ¿Cuál es su fin? ¿Cuál es su fruto?

¡Oh! ¡qué falta de razón en el alma que peca, en el alma que se propone otro fin que Dios, sea en lo que hace, sea en lo que proyecta!

Punto Segundo

Jesús negado por San Pedro

Dejemos al silencio de la oración el decirnos cuál fue, en esta circunstancia, el dolor del Corazón de Jesús y meditemos las instrucciones tan útiles que nos ofrecen la caída y la conversación del Apóstol. 1º Su caída nos enseña: 1º a desconfiar de nosotros mismos. San Pedro cayó porque presumió de sus fuerzas; así caerán todos los presuntuosos, que se creen seguros en su virtud; 2º a no separarnos de Jesucristo, por la sociedad mundana o por la disipación; San Pedro seguía de lejos al Salvador, dice el Evangelio; 3º a evitar las ocasiones; San Pedro se acercó a conversar con los criados; 4º a fortalecernos por la vigilancia y la oración; Jesucristo había ya recomendado estos dos medios; San Pedro se había dormido en el Huerto de los Olivos; 5º a levantarnos prontamente después de la primera caída, sin lo cual iremos cayendo de abismo en abismo. Pedro, al primer asalto, dijo: “No conozco a este hombre”; al segundo, confirmó con juramento estas desgraciadas palabras; al tercero, confirmó este juramento con imprecaciones. Así se va, de caída, cuando se tarda en levantarse.

2º La conversión de San Pedro no nos da menos provechosas lecciones que su caída. Nos enseña: cuán bueno es Nuestro Señor: con una mirada toca el corazón de su Apóstol y lo convierte. ¡Oh mirada bondadosa! Pedro no busca a Jesús; es Jesús quien da los primeros pasos. ¡Mirada poderosa! Levanta el valor de Pedro y le hace derramar torrentes de lágrimas. ¡Mirada llena de mansedumbre! 1º Evita a Pedro la vergüenza de su crimen y cura la úlcera sin tocarla. ¡Mirada generosa! Jesús olvida sus propios dolores, para ocuparse en la conversión de su apóstol, y vuelve a recibir a su esclavo, después de haber sido ultrajado por él. ¡Feliz quien comprende el poder de esta divina mirada, sabe exponerle sus llagas y abrir a Jesús su corazón! La conversión de San Pedro nos enseña, 2º a llorar nuestras faltas, no por temor, sino por amor, y a llorarlas amargamente y siempre; Pedro lloró hasta su muerte la desgracia de haber negado a su maestro, y sus mejillas llevaron, mientras vivió, las huellas de los torrentes de lágrimas que corrían de sus ojos. Recojamos en el fondo de nuestro corazón todas las enseñanzas que nos ofrecen la caída y la conversión del Apóstol, y aprovechémoslas.

Punto tercero

Jesús abandonado de sus Apóstoles

Los Apóstoles, que habían protestado morir por Jesucristo, perdieron su valor en presencia del peligro, y le abandonaron. Aprendamos de aquí: 1º cuán débil y miserable es el hombre por si mismo, y cuan poco se necesita para hacernos faltar a nuestras mejores resoluciones; cuánto, por consiguiente, debemos desconfiar de nuestras fuerzas; no contar para nada con nosotros mismos; no exponernos jamás a las ocasiones peligrosas, sino vigilar y orar sin cesar para traer en nuestra ayuda la gracia divina, que es lo único que puede hacernos vivir bien. Aprendamos, 2º a no contar con las amistades del mundo, o a no descontarnos cuando ellas nos falten. Los Apóstoles todos habían prometido a Jesucristo que no le abandonarían jamás, y a la primera señal del peligro, todos cobardemente huyeron. Si Jesucristo ha soportado este abandono, soportemos a su ejemplo el abandono de aquellos mismos con quienes creíamos tener derecho de contar; contemos sólo con Dios, que no nos abandonará jamás, que nos acompañará siempre, y el El solo nos basta.

*** P. Andrés HAMÓN: Meditaciones para uso del clero y de los fieles para todos los días del año. Bs. As., Guadalupe, 1962, 2º Edición, Tomo I, pp. 630 - 633.

7 de marzo de 2012

Domingo II de Cuaresma.


Este elevado lugar, desde donde dominan los Apóstoles los objetos en medio de los cuales vivían antes, significa que, para gozar de Dios, merecer la gracia y santificarse, es necesario tener un corazón levantado sobre todas las cosas sensibles, un corazón más grande y más alto que el mundo; es preciso pisotear lo que antes nos atraía.

Transfiguración del Señor en el Monte Tabor - Bellini


por el P. Andrés Hamón ***

Consagraremos toda la semana a meditar el Evangelio (San Mateo XVII, 1-9) que contiene la relación del Misterio de la Transfiguración. Meditaremos mañana las dos primeras circunstancias, que son la elección que Jesucristo hizo para transfigurarse: 1º de un lugar apartado y solitario; 2º de una elevada montaña. – En seguida tomaremos la resolución: 1º de no frecuentar el mundo sino por necesidad, y preferir estar a solas con Dios; 2º de desprendernos de todo aquello a que está apegado nuestro corazón. Nuestro ramillete espiritual serán las dos palabras de nuestra meditación: Jesús condujo a sus Apóstoles a un alto monte.

Meditación

Transportémonos en espíritu al Tabor, admiremos la elección que Nuestro Señor hace de este lugar solitario y apartado del mundo, de esta alta montaña que se acerca al cielo. En esta doble elección hay dos razones secretas. Pidamos a Nuestro Señor nos dé inteligencia para comprenderlas.

Punto Primero

¿Por qué escogió Nuestro Señor, para transfigurarse, un lugar apartado del mundo?

Por esta elección quiere Nuestro Señor enseñarnos que no es en medio del mundo y de los pasatiempos del mundo en donde Dios se manifiesta al alma y la hace pasar de las miserias del hombre viejo al esplendor y las virtudes del nuevo. Para ver a Dios, oírle, gustarle y ser transformado en El por su gracia, la primera condición que se requiere es la soledad interior, es decir, el sosiego del alma encerrada al tumulto de las criaturas y abierta a Dios solo y a sus divinas inspiraciones, la paz del recogimiento bajo las miradas de Dios. Mientras nos dejemos llevar de la disipación del espíritu, de las divagaciones de la fantasía, de la preocupación de las novedades, de los apegos del corazón, del tumulto de los pensamientos inútiles; mientras, en fin, no vivamos retirados en la soledad del corazón, del tumulto de los pensamientos inútiles; mientras, en fin, no vivamos retirados en la soledad del corazón, Dios no se mostrará a nosotros y será para nosotros como el dios desconocido de Atenas. Sus amabilidades y perfecciones infinitas no nos enternecerán; no le amaremos ni tendremos ningún deseo de amarle. Extraños para Dios, no seremos menos extraños para nosotros mismos; no nos conocemos y no encontraremos nada que corregir en nosotros, nada que reformar, ninguna razón para humillarnos, mortificarnos o renunciarnos; y toda nuestra vida se pasará en el olvido de Dios y en la ignorancia de nosotros mismos. ¡Oh disipación, cuánto mal haces al alma! ¡Oh santo recogimiento, cuán necesario le eres! Conducidme, Señor, a la soledad, como a vuestros Apóstoles, y tened ahí siempre encerrados mi espíritu y mi corazón.

Punto Segundo

¿Por qué escoge Nuestro Señor, para transfigurarse, una montaña encumbrada?

Este elevado lugar, desde donde dominan los Apóstoles los objetos en medio de los cuales vivían antes, significa que, para gozar de Dios, merecer la gracia y santificarse, es necesario tener un corazón levantado sobre todas las cosas sensibles, un corazón más grande y más alto que el mundo; es preciso pisotear lo que antes nos atraía. Mientras tengamos aquí algún apego, mientras haya en la tierra algún objeto que nos encadene, no haremos más que arrastrarnos miserablemente en las mismas vías, y vagar en el laberinto de nuestras miserias, en vez de avanzar en los caminos de la virtud; languideceremos en vez de vivir y de fortificarnos. Aunque nuestra alma tuviera las alas de la paloma que pedía el Profeta Rey para volar al seno de Dios, mientras quede apegada, aunque no sea más que por un hilo, no hará más que forcejear y atormentarse penosamente alrededor de lo que la detiene, sin tender jamás su vuelo. Pero también, si esta alma tiene, en fin, el valor de romper sus ligaduras, si se deja conducir por Nuestro Señor hasta la cumbre de la montaña, y allí pisotea todos los vanos objetos que amaba, pronto comenzarán para ella los progresos en la perfección. En un solo día y con menos trabajo, hará más camino que el que ha hecho durante el tiempo que arrastraba el peso que la sujetaba. Nada retardará su carrera, nada turbará ni distraerá su marcha; avanzará libremente, pues dice la Imitación de Cristo: ¿quién más libre que el que nada desea en la tierra? Si queremos deshacernos de todo lo que halaga la vanidad, de todo lo que mantiene la molicie, de todo lo que pica la curiosidad, de las inutilidades que divierten, de las novedades que distraen, de los hombres que disipan; es preciso renunciar a la pasión del placer y de la vida; es preciso no satisfacer las necesidades sino con discernimiento, no tomar de las cosas más que lo muy necesario y no usar de ellas, por decirlo así, más que ligeramente y de paso, como los soldados de Gedeón, o como Jonatás, que tomaba la miel con la punta de su lanza, sin detenerse. Sobre todo, es preciso desprendernos de nosotros mismos, de nuestros gustos, de nuestro honor, de nuestra propia voluntad y de sus fantasías, de nuestro amor propio y de su ambición, que busca cómo tomar parte en todo lo que se dice, encontrarse en todo lo que se hace: es preciso romper con el excesivo cuidado de la salud, que nos hace delicados y difíciles de contentar sobre todo, en lo que contraría y mortifica los sentidos; en fin, es preciso elevarse sobre sí mismo y, so pena de perderse, vaciar el corazón de todo lo que no es Dios. ¿Cómo nos encontramos en este desprendimiento universal? Es esto más grave de lo que se piensa. Pensemos en esto seriamente y trabajemos cada día en realizarlo.

*** P. Andrés HAMÓN: Meditaciones para uso del clero y de los fieles para todos los días del año. Bs. As., Guadalupe, 1962, 2º Edición, Tomo I, pp. 518-522.

19 de febrero de 2012

Domingo de Quincuagésima.


Los verdaderos hijos de la Iglesia saben que el eco alegre del Alleluia abandonó los templos hace ya quince días, que se prepara en el ciclo del año una estación de penitencia y de renovación, y que, como dice el poeta: La vida pasa como las naves, como las nubes, como las sombras.

La curación del ciego - El Greco


Por Fr. Justo Pérez de Urbel, OSB ***

A nuestra caravana espiritual se junta hoy un peregrino de aspecto venerable, de majestuosa presencia, de profética mirada. Es Abraham, el padre de nuestra fe. Apacentaba sus rebaños, vigilaba sus siervos y ofrecía sus sacrificios allá en las orillas del Eufrates, cuando la voz del Señor repercutió en el fondo de su alma. “Sal de tu país –le decía-, deja tu parentela, abandona tu casa y ven a la tierra que Yo te mostraré”. Son las mismas palabras que hemos oído nosotros, las que nos empujan infatigablemente en esta peregrinación ansiosa de nuestra vida, las que nos alientan en nuestros desfallecimientos  y nos consiguen la victoria en nuestras luchas. Y no hemos equivocado el camino, puesto que en el encontramos hoy al hombre según el corazón de Dios, al que recibió la más pingüe de las bendiciones y mereció la más alta de las recompensas: “Un gran pueblo saldrá de ti, glorificaré tu nombre y serás bendecido”.

El anciano nos mira bondadoso y entre su barba fluvial se dibuja una sonrisa que parece decir: “He aquí el pueblo de que me hablaba la voz en las praderas de Harán”. Y nosotros le examinamos con admiración. Porque ese hombre lleva en sus venas la sangre que debe salvar al mundo. ¡Qué pequeño le parece el Jordán cuando se acuerda de los grandes ríos de su tierra! ¡Qué áridos los montes de Betel, cuando los compara con las llanuras de Mesopotamia, cuna de imperios! Pero el sigue creyendo; en las rutas de Egipto y de Siria, cuando levanta su tienda frente al mar de los griegos, y bajo la paz de las noches rutilantes del desierto de Arabia, la celeste promesa vibra sin cesar en su oído: “En ti serán bendecidas todas las generaciones de la tierra”. Tiene un hijo, un solo hijo, y se prepara a sacrificarle par obedecer a una orden misteriosa; pero su fe no vacila un instante. “Sigue aguardando siempre –dice San Pablo- la ciudad cuyo autor es el mismo Dios”. En la lejanía descubre sus muros torreados, sus jardines rutilantes y aquellas doce puertas, hechas de piedras preciosas, que descubrirá más tarde el autor del Apocalipsis. Y un día, en el templo de Jerusalén, se pronunciaron estas enigmáticas palabras: “Abraham esperó ansiosamente mi día; le vió y se estremeció de gozo”. Empezaba a congregarse el pueblo prometido, a ser bendecidas las gentes, a iluminarse la ciudad paulina y a cumplirse la promesa milenaria. Y ante la figura admirable del patriarca, nosotros repetimos, llenos de agradecimiento, aquellas palabras de un santo Padre: “¡Oh hombre verdaderamente cristiano antes de Cristo, hombre evangélico antes del Evangelio, hombre apostólico antes de los Apóstoles!”.

Pero este recuerdo de Abraham, que hoy nos trae la liturgia, encierra para nosotros una grave advertencia. También nosotros estamos fuera de nuestra patria. Desearla, caminar hacia ella, acercarnos a ella cada día, vivir desde ahora en ella por la esperanza y el amor, sin perder nunca de vista los pináculos rutilantes de las eternas moradas: tal debe ser la actitud de todos los que no tenemos aquí abajo una ciudad permanente. A nuestro lado hierve la concupiscencia, se estremece la carne, trepida el instinto y relincha la pasión. Los verdaderos hijos de la Iglesia saben que el eco alegre del Alleluia abandonó los templos hace ya quince días, que se prepara en el ciclo del año una estación de penitencia y de renovación, y que, como dice el poeta:

La vida pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras.

Junto a los muros de Jericó resuena la voz de Jesús anunciando su Pasión dolorosa: “He aquí que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los gentiles, flagelado y cubierto de oprobios y salivas”. Es un sarcasmo, una irrisión engolfarse en el placer, cuando un Dios pronuncia estas palabras, y cuando su discípulo nos dice: “No améis al mundo ni cuanto es del mundo; el que ama al mundo no goza del amor del Padre”. El mundo es esa región del pecado, de la infidelidad y la desesperanza; esa región de la cual, a una orden de Dios, se alejó Abraham, nuestro sublime modelo; aquella Babilonia donde gimen los cautivos, cuyo río está lleno de llantos y amarguras, y de la cual dijo el Señor aquella palabra temible: “Yo no ruego por el mundo”. También allí resuena la maldición sombría del Génesis: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Pero la contestación es aquella actitud inconsciente de los impíos, a quienes hace decir el libro de la Sabiduría: “Ya lo sabemos: el tiempo de nuestra vida es breve, y nadie ha vuelto a contar lo que pasa más allá de la tumba. Nacimos de la nada, y seremos como si no hubiéramos sido; porque el hálito de nuestras narices es un poco de humo y una centella fugaz la palabra que conmueve nuestro corazón. Se extingue, y nuestro cuerpo se convierte en ceniza, nuestro espíritu se desvanece sin ruido, como brisa impalpable y nuestra vida pasa como el vestigio de una nube o como la niebla que disipan los labios del sol. Venid, pues; gocemos de la vida, que la juventud se va para no volver; escanciemos los vinos preciosos, cubrámonos de ungüentos, coronémonos de rosas antes que se marchiten, y no dejemos que se pase la flor del tiempo. Este es nuestro destino”.

Mientras el ciudadano de Babilonia ríe frenéticamente con amarga risa, el hijo de la promesa, el habitante de Jerusalén se prepara en el llanto a la conquista de la nueva alegría. “Eres polvo”, le dice una voz, llenándole de angustia; pero otra le levanta y conforta diciéndole: “Serás semejante a Dios, beberás el vino de la inmortalidad, gozarás de la dicha que no se acaba”. La vida se le presenta como un combate y el mundo como una palestra. Oye la voz de la Iglesia, que le llama para adentrarle en los ejercicios de la milicia espiritual y, vestido de la armadura que le entrega el Apóstol: el ceñidor de la verdad, la coraza de la justicia, el escudo de la fe y el casco de la esperanza, se presenta confiado en el campamento. “Eres polvo”, le dice; pero la inmensa bondad de Dios se ha dignado amar ese polvo y amasar con él una gloria inefable. Somete la voluntad, inclina la cabeza, recibe la ceniza, y esos polvillos blancos se le convertirán en polvo de oro, precio de la inmortalidad.


*** Fr. Justo PÉREZ DE URBEL: Itinerario litúrgico. Bs. As., Poblet, 1945, Cap. XV

Quincuagésima (otra lectura).


Hagamos promesa a Jesucristo de abominar los desórdenes del mundo y no dejemos pasar estos santos días sin pedirle que nos ilumine y nos convierta. Temamos, con San Agustín, dejarlos pasar sin mejorarnos.

El País de Jauja - Brueghel el Viejo


por el Padre Andrés Hamón ***

Meditaremos hoy sobre los tres días que van a venir y veremos lo que debemos: 1º a Jesucristo; 2º al prójimo; 3º a nosotros mismos, para tener tres días de penitencia y mortificación. Tomaremos enseguida la resolución: 1º de pasar estos tres días en recogimiento y oración y hacer fervorosas visitas al Santísimo Sacramento; 2º de no conceder nada al espíritu del mundo en estos días y de practicar, al contrario, algunos actos de penitencia y de mortificación. Nuestro ramillete espiritual serán aquellas palabras de Nuestro Señor a sus Apóstoles: El mundo se regocijará y vosotros os entristeceréis; pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Meditación de la Mañana

Adoremos a Jesucristo en los dos hechos de que nos habla el Evangelio de este día. Por una parte, predica su Pasión; por otra, da la vista a un ciego de nacimiento. La historia de estos dos acontecimientos es de notable aplicación en estos días de libertad, que nos hacen ver, de un lado, la Pasión del Salvador renovada por los desórdenes del carnaval, y del otro, el mundo tan ciego para las cosas de Dios y de la eternidad. Hagamos promesa a Jesucristo de abominar los desórdenes del mundo y no dejemos pasar estos santos días sin pedirle que nos ilumine y nos convierta. Temamos, con San Agustín, dejarlos pasar sin mejorarnos.

Punto Primero

Por amor a Jesucristo debemos hacer de estos tres días, días de penitencia y mortificación.

Nunca nos penetraremos bastante de todos los dolores que ocasionaron al Corazón de Jesús los desórdenes del mundo en estos tres días, cuando desde el Huerto de los Olivos los vio indistintamente en la serie de los siglos. Sería innecesario para ello amar a Dios como El, comprender como El la enormidad del pecado, que desprecia el poder de Dios, desafía su justicia, ultraja su santidad, desdeña su bondad y desconoce sus beneficios: injuria horrible que El ve multiplicarse por millares de veces durante estos tres días; sería preciso amar a los hombres como El, comprender como El la desgracia de esas almas que no quieren salvarse y se obstinan en perderse, mirar sus padecimientos inútiles y su amor infructuoso para tantas almas que van a arrojarse al infierno. ¡Oh dolor insoportable! Su alma está triste hasta la muerte. ¿Acaso no es deber de los amigos tomar parte en los dolores del amigo a quien se ve padecer, e ir a consolarle y visitarle? Jesucristo, expuesto en nuestros altares, nos llama a cumplir este gran deber. No le amamos, si no nos asociamos a sus dolores y si le dejamos repetir la triste queja que exhalaba, en otro tiempo, por boca del Profeta: He buscado almas que de Mí se compadecieran y no las he encontrado (Ps. LXVIII, 21).

Punto Segundo

Por amor al prójimo debemos hacer, de estos tres días, días de penitencia y de mortificación.

¡Ay! los hombres que se pierden son nuestros hermanos; y ¿no merecen que nos compadezcamos de ellos? Y ¿cómo probaremos que los amamos, si la desgracia en que se precipitan no nos conmueve, si no oramos y no hacemos penitencia por ellos? “Aunque se tratara de la pérdida de una sola alma, dice San Agustín, se necesitaría tener corazón de acero y más duro que el diamante, para ser insensible a tanta desgracia”. ¿Qué debe ser, pues, cuando son tantas las almas que se pierden; sobre todo en estos días, en que en número mayor que de ordinario se alistan bajo la bandera de Satanás? ¡Ah! si tuviéramos caridad, si amáramos al prójimo como a nosotros mismos, si le amáramos como Jesucristo nos ha amado, según el precepto que nos impuso ¡qué penitencias y mortificaciones no nos impondríamos por los pobres pecadores! ¿Cuáles son nuestras disposiciones para estos santos días?

Punto Tercero

Deber nuestro es hacer, de estos tres días, días de penitencia y de mortificación.

En efecto, Nuestro Señor vincula a esta práctica una promesa de salvación y una prenda de predestinación. “A vosotros”, dice a sus Apóstoles, “que me sois fieles en estos días de tribulación, privándoos de los placeres del mundo para recordar mi cruz, os prometo daros mi reino, haceros gustar las delicias del cielo y colocaros sobre tronos, desde donde juzgaréis a las doce tribus de Israel” (Luc., XXII, 82, 30). Y a más, promete a los que se entristecen por su amor mientras el mundo goza, que “su tristeza se convertirá en una alegría eterna” (Joan., XVI, 20-22). Tales promesas nos muestran la participación que tendrán en la gloria los que sigan a Nuestro Señor. Unos pasan su tiempo en los placeres del siglo; y otros, en el llanto y las prácticas de penitencia; pero, en pos de esas lágrimas vendrá una alegría sin fin. En esta alternativa, ¿qué partido tomaremos? ¿podremos vacilar un momento siquiera?


*** P. Andrés HAMÓN: Meditaciones para uso del clero y de los fieles para todos los días del año. Bs. As., Guadalupe, 1962, 2º Edición, Tomo I, pp. 436-440.

12 de febrero de 2012

Domingo de Sexagésima.


Con este recuerdo sombrío, con esta dura lección nos prepara la liturgia durante la semana de sexagésima a los ejercicios del tiempo cuaresmal, que se acerca.

Paisaje con la Parábola del Sembrador - Brueghel el Viejo


Por Fr. Justo Pérez de Urbel, OSB ***

“Viendo Dios que la malicia de los hombres iba acrecentándose sobre la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón se inclinaban constantemente hacia el mal, arrepintióse de haber hecho al hombre sobre la tierra”. Así, con esta expresión ingenua y audaz al mismo tiempo, a no ser que queramos llamarla sublime, empieza Moisés su relato de la gran catástrofe del Diluvio. “Toda carne había corrompido su camino”. La vida era entonces muy larga; la tierra, casi virgen todavía, daba sus frutos generosamente; no había problemas sociales, y todo invitaba a vivir y a gozar. Mucha tierra y pocos brazos; trabajo escaso y rendimiento abundante. Los hijos de Set se enlazaban con las hijas de Caín, aprendían sus prevaricaciones y se entregaban a sus costumbres desenfrenadas. Durante algún tiempo, un anciano venerable, de encorvada espalda y ojos hinchados por el llanto, atravesaba los corros de los bebedores y danzantes sembrando palabras de reproche y trazando en el aire gestos severos. Su presencia aguaba las fiestas y hacía caer los puños. “Es el padre de todos, decían las gentes; el que vio las maravillas del Paraíso, el que recibió las visitas de Jehová en los atardeceres”. Pero un día Adán desapareció para siempre. Ni su llanto, ni sus quejas amargas, ni sus misteriosos relatos volvieron a enturbiar los banquetes. Creció la malicia, se embraveció el crimen, la lujuria ya no tuvo freno y la bestialidad de los hombres “llenó de duelo el corazón de Dios”. Sobre la tierra contaminada resonó aquella amenaza terrible: “Voy a exterminar toda la raza humana; lo destruiré todo, desde el hombre hasta los animales, desde los reptiles hasta las aves del cielo”. Fue el Diluvio universal. Arrastrados por las aguas, los hombres se hundían en el fango o morían abrazados en las alturas; flotaban los cadáveres en la superficie, y por el aire cruzaban los lamentos y las maldiciones; caían las aves de presa sobre los muertos, y las bestias bramaban acosadas por las olas. Sólo un hombre había encontrado gracia delante de Dios: Noé. Zarandeada por los vendavales y azotada por las lluvias, su arca, calafateada de betún interior y exteriormente, desafiaba el oleaje, llevando en su seno los destinos y las esperanzas del género humano.

Con este recuerdo sombrío, con esta dura lección nos prepara la liturgia durante la semana de sexagésima a los ejercicios del tiempo cuaresmal, que se acerca. Es una ducha saludable, un sabio entrenamiento, que nos hace exclamar con San Pablo: “El estipendio del pecado es la muerte”. La ley de la vida lo exige, y con ella está de acuerdo la justicia de Dios. El ruido de las cataratas del firmamento, el choque de las nubes, el rugido de las aguas, que lanzadas por la cólera divina, sumergieron la tierra y sus habitantes, deben crear en nosotros un santo temor y sacarnos de nuestra vida rutinaria o pecaminosa. La semana anterior la Iglesia nos recordaba el pecado de Adán, un pecado racial más que personal, pero cuyas consecuencias nos afectan terriblemente; esta semana nos invita a confesar y a llorar nuestros propios pecados, nuestros pecados actuales y personales. Más felices que los contemporáneos de Noé, nosotros hemos recibido una luz más abundante, hemos sido purificados por una sangre divina, una gracia más copiosa nos ha sostenido y fortalecido; y, sin embargo, también nosotros hemos corrompido nuestros caminos.

Nosotros, es verdad, tenemos la promesa infalible: ningún diluvio asolará de nuevo la tierra. El arco iris es la rúbrica de Dios. Pero la Providencia tiene que justificarse siempre en sus obras. Ha habido invasiones, los pueblos se han desencadenado unos con otros, oleadas de sangre han destruido civilizaciones enteras, han estallado revoluciones violentas, y la espada y la peste, el cañón y el aeroplano, mensajeros divinos, recorren la tierra sin cesar. ¿No se diría que también hoy se abren las cataratas del cielo y que la ola vengadora de la barbarie va a destruir los frutos de nuestros esfuerzos milenarios? Y dictamos leyes y más leyes, y formamos pactos internacionales, y aumentamos los fusiles y multiplicamos la fuerza pública; sin pensar que también nosotros hemos corrompido nuestros caminos, olvidando las leyes fundamentales de la humanidad, conspirando contra el Señor y contra su Cristo, y gritando como los impíos del salmo: “Rompamos sus  cadenas y arrojemos su yugo de nosotros”. Y viene como consecuencia la realización de la amenaza bíblica, que se cierne como un fantasma sobre el mundo moderno: “Los regiré con vara de hierro y los desmenuzaré como un vaso de arcilla”.

Afortunadamente, sobre todas las tempestades flota el arca de salvación, la nave hospitalaria que ofrece un abrigo a todos los hombres de buena voluntad. Desde que el piloto celeste, hace veinte siglos, la arrojó sobre los mares alborotados de este mundo, camina recogiendo en su seno a los elegidos, siempre amenazada y triunfante siempre de todos los peligros. Y los que en ella navegamos, los que formamos parte de esta familia de la Santa Iglesia, tenemos la esperanza cierta de que ella nos llevará a las playas de la eternidad bienaventurada.

*** Fr. Justo PÉREZ DE URBEL: Itinerario litúrgico. Bs. As., Poblet, 1945, Cap. XIV

2 de febrero de 2012

La Candelaria.

Han pasado cuarenta días, cuarenta días de reclusión, durante los cuales la ley mosaica le prohibía acercarse al tabernáculo; cuarenta días de éxtasis, de adoración, de íntimos coloquios con aquel Dios que aún no sabía hablar. 



Por Fr. Justo Pérez de Urbel ***


Un misterio que cierra las amables efusiones de las alegrías de Navidad. María continúa en Belén, “revolviendo siempre en su corazón”, los sucesos portentosos de la noche inolvidable en que los ángeles anunciaron la paz al mundo. Son meditaciones de júbilo y terror al mismo tiempo. En los ojos del pequeñuelo hay reflejos de una felicidad insondable y de una inenarrable amargura, indicio y presentimiento de un destino de dolor y de victoria.


Han pasado cuarenta días, cuarenta días de reclusión, durante los cuales la ley mosaica le prohibía acercarse al tabernáculo; cuarenta días de éxtasis, de adoración, de íntimos coloquios con aquel Dios que aún no sabía hablar. ¿Qué le importaba a ella el templo de Salomón, donde dominaban los sacerdotes y hacían su negocio los saduceos, si tenía en su regazo aquella carne tierna y rosada que era al mismo tiempo templo y tabernáculo, y altar, y víctima, y sacerdote? Pero he aquí que José se le acerca, interrumpiendo aquellas extáticas alegrías. Ha terminado el plazo de la separación y la ley de Jehová urge: hay que subir a Jerusalén, hay que purificar a la recién parida, hay que rescatar al recién nacido, que, como todos los primogénitos, es propiedad del Señor, y hay que ofrecer el holocausto del cordero, o por lo menos, si la madre es pobre, el par de torcaces o palomas. María, ciertamente, estaba segura de que aquella ley no se había hecho para ella. ¿No era acaso el santuario purísimo del Espíritu Santo, siempre casta, pero más casta todavía desde que había vivido en sus entrañas el Dios de la santidad? No obstante, quiere obedecer, quiere mezclarse con las demás madres que llegan al templo diariamente para recobrar la pureza con el sacrificio. No ha llegado aún el momento de la revelación definitiva de su hijo: los pastores de Belén se volvieron a sus chozas, guardando en sus almas el secreto de su regocijo; los Magos de Oriente llegaron silenciosamente a su patria, sin ver de nuevo la santa ciudad, que se había conmovido con su venida; y el mismo nacimiento de Jesús en Belén debía permanecer ignorado de las gentes. Cuando llegue su hora se llamará el Nazareno. Como antes del edicto de Octaviano, el Hijo y la Madre obedecen ahora la ley de Moisés.


Sigamos al humilde cortejo: José y María, y, en los brazos de María, el recién nacido. Desde Belén Efratá hasta Jerusalén: gargantas y pegujales áridos, praderas con rebaños y pastores embozados en sus anguarinas, y campos donde verdean ya los trigales, que dan el nombre a la ciudad de David, montañas grises y llanuras grises con manchones verdes y amarillos. Pero hay algo que parece rejuvenecer al mundo: la tierra y el cielo y la naturaleza entera son alegrados y santificados por la presencia de su Creador. Va María envuelta en una atmósfera de arrobamiento, entre el interés o la indiferencia, o la incomprensión de los transeúntes. A su lado, José lleva la ofrenda que se ha de presentar al sacerdote. No, no es un cordero, que le hubiera costado quince denarios. Son ellos demasiado pobres; y además, ¿no será llamado aquel Niño el Cordero que quita los pecados del mundo? Su ofrenda es la ofrenda de la pobreza: dos palomas que aletean en una jaula y que son el símbolo de la castidad y de la fidelidad, de la simplicidad y de la inocencia.


Helos ya en las calles ruidosas de Jerusalén, abriéndose paso entre los cestos de los galileos que pregonan el pescado del Jordán, y los puestos de las vendedoras que expenden las verduras de Emaús y Betania; entran en el templo, pisan tímidamente aquellos pórticos  magníficos, que el Niño llamará más tarde guaridas de ladrones; José, un poco azorado; María, cubierto el rostro, el alma ajena a aquel ambiente de negocios sacrílegos. Tal vez algún levita se ríe de los dos provincianos; y, sin embargo, es aquél un momento solemne, un acontecimiento histórico, que había sido previsto y cantado por los profetas de Israel. Un día, cuando Zorobabel reconstruía la morada de Jehová, destruida por los asirios, desalentado porque no podía emular la magnificencia de Salomón, se sentó frente a las construcciones, lamentándose de su impotencia; y entonces fue cuando el profeta Ageo se acercó a él y le dijo: “No desmayes ni te entristezcas, porque he aquí lo que dice el Señor: Un poco de tiempo aún, y Yo haré temblar el cielo y la tierra; Yo estremeceré los imperios; y el Deseado de las gentes vendrá y llenará de gloria esta casa; y la gloria de esta segunda casa será mayor que la de la primera, porque en ella aparecerá la paz.”


La profecía se cumple en estos momentos: José entrega las dos avecillas; María presenta a su Hijo; el gran sacerdote toma en sus manos aquel retoño del tronco de David, y, aburrido tal vez, reza las palabras del ritual. Todo pasa en silencio. La vieja Sinagoga no sabe que este rito es el anuncio de su desaparición, la abrogación de su ley. Todo pasa en silencio; pero allí, en un ángulo, el viejo Simeón alza los ojos del rollo de las Escrituras, se estremece a ver a aquel Niño cuyo nombre le ha parecido descubrir en cada página bíblica, y canta el “Nunc dimitis”. Figura del mundo antiguo, envejecido en su larga expectación, se renueva, se rejuvenece como el águila; en cuanto toca con sus manos aquel fruto de vida, abre su boca jubilosa, une su voz a la voz de los reyes y los pastores y anuncia la “luz que iluminará a las gentes, la gloria del pueblo de Israel”. A sus voces acude Ana, la profetisa, y también ella comprende y adora; y las alabanzas de los dos ancianos, representantes de la sociedad antigua, se juntan para celebrar la aparición dichosa del Niño, que viene a renovar la faz de la tierra.


A ella nos juntamos todos los cristianos en la procesión graciosa de la Candelaria. Es una ingeniosa, una delicada manifestación de nuestro amor filial a María. Queremos acompañarla en su camino, queremos alumbrar su paso, queremos recordar aquella luz descubierta por el viejo sacerdote, y, recordando el misterio, tomamos en la diestra el cirio simbólico. No nos importa el origen pagano de este rito; no nos importa que sea un vestigio de las fiestas Lupercales o Amburbales, que lanzaban a la calle a los romanos blandiendo antorchas y recordando el paso de Ceres por las cimas del Etna; para nosotros, el cirio que el sacerdote bendice y pone en nuestras manos es la figura de Cristo; porque, como decía San Anselmo, en la cera, obra de la abeja virginal, vemos su cuerpo; en la mecha que la cera; en la mecha que la cera envuelve, su alma, y en la llama, su divinidad.


He aquí el profundo sentido de esta fiesta de la Purificación, fiesta antigua que se remonta a los tiempos constantinianos, y es la primera que en honor de María apareció en el cielo de la liturgia.


*** Fr. Justo PÉREZ DE URBEL: Itinerario litúrgico. Bs. As., Poblet, 1945, Cap. XI.

29 de enero de 2012

Jesús apacigua la tempestad. Cuarto domingo de Epifanía.


¿Pedimos con todo el corazón por la Iglesia, por la patria, por la Santa Sede, por nosotros mismos, por todos aquellos por quienes nos interesamos?



por el Padre Andrés Hamón ***


Con motivo del evangelio del día, que nos muestra cómo Jesucristo calma las tempestades, meditaremos: 1º cuáles son las tempestades morales que tenemos que experimentar durante la vida; 2º qué conducta debemos observar durante estas tempestades. – Nuestras resoluciones serán: 1º llevar una vida de oración y de unión con Dios, que es lo único que puede salvarnos de estos peligros; 2º mantenernos en los sentimientos de desconfianza de nosotros mismos y de confianza en Dios. – Nuestro ramillete espiritual será el grito de los Apóstoles: “Sálvanos, Señor, que perecemos” (San Mateo VIII, 25).

Punto Primero.

Cuales son las tempestades morales que tenemos que soportar durante la vida.

Estas son de dos clases: las unas públicas, privadas e individuales las otras. Tempestades públicas son las que atacan a la Iglesia de un extremo a otro del universo: en lo exterior, las sectas enemigas que se levantan contra ella; en lo interior, las de los malos cristianos, que la despedazan o escandalizan. De en medio de estas olas furiosas, la Iglesia nos llama como a buenos hijos, a compartir sus dolores, a defenderla con la palabra, a alentarla con el ejemplo, a consolarla con la abnegación. – A las tempestades públicas vienen a unirse las tempestades privadas e individuales; tempestades continuas, que atacan a las almas en todas las edades de la vida, en la noche como en el día; tempestades terribles que, despedazando la nave de nuestra alma, no le dejan más que una tabla con que llegar al puerto y causan la eterna condenación de muchos náufragos espirituales; tempestades tanto más terribles, cuanto son invisibles:  el alma perece en ellas sin saberlo, y aunque se haya sumergido en el fondo del mar, todavía cree que navega hacia el puerto. Nos consolamos con la idea de que obramos como los demás; que no hay nada que temer donde los otros no temen; y sólo con este fundamento vivimos tranquilos. Estas tempestades vienen ya de afuera, ya de adentro. Las de afuera son los negocios que preocupan, los reveses que agobian, los malos ejemplos que seducen, la contradicción de las lenguas, el choque de las voluntades y de los caracteres, los estorbos de toda especie. Tempestades de dentro son las pasiones, el orgullo, la lujuria, que pierden a las almas sin que ellas lo sospechen; los sentidos que se sublevan, los deseos que atormentan, la imaginación que se desata y el espíritu que se disipa en inútiles pensamientos, en temores quiméricos o en vanas esperanzas. ¡Oh Señor! Si no nos salváis de tantas tempestades, estamos perdidos.

Punto Segundo.

Lo que debemos hacer cuando nos asaltan las tempestades.

Tenemos tres medios de salvación: la oración, la confianza en Dios y la desconfianza de nosotros mismos. – 1º La oración: los Apóstoles de nuestro evangelio, viendo el barco batido por las olas, van hacia Jesús, le despiertan e imploran su socorro: del mismo modo, viendo los asaltos dirigidos a la Iglesia, debemos orar y orar con tanto mayor fervor, cuanto más rudos sean los ataques. En nuestras pruebas privadas no debemos orar menos; sólo en la oración está nuestra salvación. – 2º  La confianza en Dios: los Apóstoles resisten con confianza a la tempestad, al mismo tiempo que oran. A su ejemplo, jamás debemos abatirnos y desalentarnos, sino que, siempre llenos de confianza en Dios, debemos perseverar en la resistencia; no desesperemos jamás, ni por los males que agitan a la Iglesia, ni por nuestras propias miserias; el Dios que protege a la Iglesia y que nos protege a nosotros es el Todopoderoso y una sola palabra suya hará renacer la calma. ¿Cuándo dirá esta palabra? Este es su secreto. Sepamos esperar y seremos salvos. ¡Quién espera en Dios, se verá rodeado de sus misericordias! (1) Cualesquiera que sean los males de la Iglesia, cualesquiera que sean nuestros propios males, arrojémonos con confianza en sus brazos, y nos salvará, lo mismo que a la santa Iglesia. – 3º A la confianza en Dios debemos añadir la desconfianza de nosotros mismos. La presunción que nada teme, que novela sobre sí y no huye de las ocasiones peligrosas, se pierde infaliblemente. Dios quiere vernos siempre humillados bajo su poderosa mano, siempre desconfiados de nuestra debilidad y de este fondo de corrupción que hay en nosotros, siempre en guardia contra las seducciones del mundo y las ocasiones en que pudiéramos caer. Quien nada teme, se descuida, se expone y perece: al contrario, el que teme, evita hasta la apariencia del mal; acude a Dios, en quien solamente coloca su fuerza, y se salva. ¿Somos fieles a los medios de salvación que acabamos de meditar? 1º ¿Llevamos una vida de oración  y de recogimiento? ¿Pedimos con todo el corazón por la Iglesia, por la patria, por la Santa Sede, por nosotros mismos, por todos aquellos por quienes nos interesamos? 2º ¿No desconfiamos del éxito de nuestras oraciones y de la promesa de Jesucristo: Pedid y recibiréis? 3º ¿Vivimos en la desconfianza de nosotros mismos? ¿estamos siempre en guardia? ¿no nos ponemos en ocasiones peligrosas?


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(1)    Sperantem in Domino misericordia circumdabit (Ps XXXI, 10)


*** P. Andrés HAMÓN: Meditaciones para uso del clero y de los fieles para todos los días del año. Bs. As., Guadalupe, 1962, 2º Edición, Tomo I, pp. 306-310.


25 de enero de 2012

El que cae. La Penitencia. Tercer Domingo de Epifanía.

“Jamás se me debiera haber quitado la confesión”, decía Goethe



Por Fr. Justo Pérez de Urbel, OSB ***

Sigue nuestra accidentada peregrinación a través del ciclo anual: del desierto del Adviento al oasis de Navidad, del oasis de Navidad a la llanura de Epifanía. Vamos alegres, porque va con nosotros la gran luz que ilumina nuestros pasos, fortalece nuestro corazón y da seguridad a nuestra mirada. ¡Qué bien se camina cuando se sabe a dónde se va! Por eso nuestra actitud es la adoración, y nuestra expresión el canto, y nuestro sentimiento el gozo; y al empezar la Misa de estos días, podemos decir cantando nuestra maravillosa historia: “Adorad a Dios todos sus ángeles: oyólo Sión y alborozóse, y se regocijaron las hijas de Judá”. ¿Cuál es la gran noticia que promueve tan frenética exultación? ¿Qué es lo que oyeron las hijas de Judá? “Que el Señor reinó”. Y, si el Señor reina, los muros de Sión son restaurados, se estremecen los príncipes de la tierra, los que la dominaban para tiranizarla; se alegra el coro de las islas, y cada uno de nosotros puede prorrumpir en este grito de confianza incoercible: “No moriré ya, sino que viviré, pregonando las obras del Señor”.

Sin embargo, la prudencia es necesaria todavía. Oíd a San Pablo, que os dice en la Epístola del tercer domingo de Epifanía: “No os tengáis por sabios ni volváis mal por mal… Si es posible, vivid en paz con todos… No os venguéis, mas dad lugar a que pase la ira”.  Miedo, vanidad, ira, soberbia: escollos de nuestro camino, zarzas punzantes, ásperos guijarros, polvo y lodo, charcos y quebradas; y, aquí y allá, el silbar de una flecha disparada por la mano oculta de enemigo. “No te dejes vencer del malo, sino véncele con el bien”.

Y no obstante, entre tantos peligros cantamos. Es fácil caer, pero también es fácil levantarse. Se sacude el polvo, se limpia el barro… y adelante. Y el que es herido tiene un ungüento mágico para curar. Una mirada, un gesto, una súplica, eso basta.  Leed el Evangelio de este tercer domingo de Epifanía: “Habiendo bajado Jesús del monte, un leproso le adoraba diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Y extendiendo Jesús la mano, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio”. Y al instante quedó limpio de su lepra”. Así, tan sencillo como esto. Porque aquella virtud de Jesús ha quedado entre nosotros hasta el fin de los siglos. Y no hay aparato, ni ceremonia, ni casi liturgia ninguna. Basta arrodillarnos; ni eso siquiera: basta arrodillar el alma, adorar como el leproso evangélico, y repetir sus palabras con su fe y su arrepentimiento: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Y al instante desaparece toda mancha. Este es el acto interno, el más importante, el esencial, cuando la contrición es perfecta. Pero no sin motivo añadió Jesús una condición indispensable cuando dijo: “Ve, descúbrete al sacerdote, presenta la ofrenda”. Se necesita un acto externo, una intervención de la autoridad terrena, que ratifique el fallo celeste, una actuación de aquellos hombres a quienes se dijeron estas palabras escalofriantes: “Todo lo que atareis sobre la tierra, quedará atado en el cielo; y todo lo que desatareis sobre la tierra, quedará desatado en el cielo”. El pecador llega, descubre su corazón enfermo, recibe sobre su frente la señal de la cruz, mientras cae sobre él la fórmula litúrgica: “Yo te absuelvo”. Ofrece su presente, realiza la pequeña satisfacción penitencial; y fuerte, contenido, rejuvenecido, se asocia de nuevo a la muchedumbre de los santos que caminan hacia Dios.

El rito no fue siempre tan sencillo. La Iglesia de los primeros siglos se defendía contra las influencias corruptoras del paganismo con rigurosas medidas. Había una confesión pública, una penitencia laboriosa y una conciliación solemne. Los grandes crímenes se lloraban año tras año, y a veces la vida entera. Cada domingo, los penitentes se presentaban en la asamblea de los cristianos a pedir la indulgencia de Dios y la oración de los fieles. Iban llorosos, con caras de ayuno, cubiertos de ceniza y vestidos con sacos de cilicio. Ellos no podían asistir a la oblación de los misterios del amor. Al llegar al Ofertorio recibían la bendición del celebrante y se retiraban. Así hasta que recibían el perdón, y eran de nuevo admitidos en la comunidad de los fieles y en la participación del cuerpo de Cristo. Era una de las grandes ceremonias del Jueves Santo. Tertuliano, que ni después de las mayores humillaciones quería conceder el perdón de los grandes culpables,  riéndose de la indulgencia del Papa San Calixto, describía con estas palabras, en que es fácil adivinar el tono zumbón y caricaturesco del terrible escritor africano: “El penitente entra en la iglesia pidiendo tu perdón y el de la asamblea. Hele aquí vestido de cilicio, cubierto de ceniza, en actitud miserable, propia para causar espanto. Prostérnase en medio de la concurrencia, entre las viudas y los presbíteros; ase la orla de sus vestiduras, besa las huellas de sus pies y se abraza a sus rodillas, mientras tú arengas al pueblo y excitas la piedad hacia él, suplicante, lloroso y compungido. Buen pastor, bondadoso padre, refieres la parábola de una oveja perdida, vas en busca de la cabra extraviada y prometes que en lo sucesivo será fiel y no abandonará más el rebaño.”

Estas prácticas del fervor primitivo obedecían a aquella razón psicológica que hacía decir a Pascal: “Es injusto y necio el decir que es cosa mala el que se me obligue a confesar mis pecados a un hombre; lo justo fuera, en cierto modo, obligarme a hacerlo a todos los hombres; porque ¿está bien que los engañemos?” Cristo no quiso obligarnos a tanto, y, bien mirado, su obligación no es más que la exigencia de nuestra naturaleza, que necesita hallar un corazón en el cual descargar sus más hondos secretos, y en especial los del pecado, los que más fatigan y atormentan. “Jamás se me debiera haber quitado la confesión”, decía Goethe; y es que, como declaraba Séneca: “Confesar sus vicios es ya un indicio de salud”. Para nosotros no es sólo un indicio, sino una seguridad. Si después de rezar la colecta de este domingo: “Señor mira propicio nuestra flaqueza…”, una mano sacerdotal traza la cruz sobre nosotros, pronunciando las palabras absolutorias, nos vamos con la  certidumbre de que nuestra plegaria ha llegado a los pies de Dios, de que Dios nos ha mirado propicio y nos ha perdonado.

*** Fr. Justo PÉREZ DE URBEL: Itinerario litúrgico. Bs. As., Poblet, 1945, Cap. X.

17 de enero de 2012

Las bodas santificadas. Segundo Domingo de Epifanía.


La impiedad delira siempre que se acerca a este sacramento venerable, decían los Padres del Concilio de Trento.




por Fr. Justo Pérez de Urbel, OSB *


Segundo Domingo de Epifanía. Sigue la manifestación de Jesús: primer milagro, nuevo indicio de su divinidad, luminoso anuncio de su misión futura, principio impresionante de toda su obra doctrinal.

Más tarde dirá, resumiendo su vida terrena: “No vine a desatar, sino a completar.” Desde este primer acto de su vida pública se atiene a este programa. Asiste a unas bodas y las solemniza con el primero de sus milagros: milagro representativo de la transformación maravillosa que quiere realizar en la unión del hombre y la mujer; figurativo de un complemento, de un perfeccionamiento en el lazo del matrimonio.

El matrimonio era agua: una cosa clara, bella, cristalina, necesaria, elemental; pero insípida e incolora, dicen los físicos. Era un contrato, el más noble, el más solemne, el más venerable, el más singular de los contratos; un contrato instituido y ratificado por el mismo Dios, autor de la naturaleza, que en esa conjunción de la inteligencia y del corazón, del pensamiento y del sentimiento, de la fuerza y de la dulzura, de la majestad y de la gracia, ha querido poner una fuerza misteriosa, una participación de su virtud creadora, un algo religioso y sagrado, que es tan imprescindible para la vida de la especie como el agua para la vida del individuo.

Pero las pezuñas de las bestias humanas enturbiaron la fuente, que había brotado pura y cristalina. Amor del sentido, furia ciega, hervir de la sangre, pasión, codicia, capricho, bestialidad; los sapos más inmundos se juntaron para hozar en el pantano de la carne, y el manantial quedó convertido en lodazal. Nació el repudio, el cambio, la venta, la esclavitud de mujeres; la hetaira y la concubina disputaron sus derechos a la esposa; el harén envileció el lecho nupcial; pudo haber ochocientas reinas al mismo tiempo en Jerusalén; en Roma las mujeres contaron a sus maridos por el número de los cónsules; y Cleopatra sonreía espiando al último amo del mundo para cambiar de esclavo. Rígidos moralistas, filósofos timoratos, reformadores heréticos proponen cegar el manantial, declarando la guerra a todos los frutos de la carne, al principio de la materia, a las obras del genio del mal. La impiedad delira siempre que se acerca a este sacramento venerable, decían los Padres del Concilio de Trento.

Pero no era la destrucción lo que necesitaba, sino la renovación, la purificación, la transformación. Y he aquí la figura de Jesús, sentándose en un banquete nupcial. No condena ni desata: eleva, restaura y purifica: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre; porque ya no son dos, sino una sola carne.” Es algo más que una protesta contra inveterados y descarados desórdenes: es la promesa de una gracia, que se apoderará de la vieja institución divina para injertarla en la santa jerarquía de las causas sobrenaturales. Y Pablo, intérprete del pensamiento de Cristo, podrá hablar del “gran sacramento”, cuyo tipo está en la unión de Cristo y la Iglesia. Dos grandes uniones, dos grandes misterios, y sobre ellas la bendición de Dios, la gracia santificante. Queda en todo su vigor el contrato de las antiguas legislaciones, pero robustecido, asegurado, sublimado. La gracia divina le penetra, le transforma y pone sobre él un sello celeste. A esta nueva grandeza corresponde la glorificación litúrgica, el sentido profundo de los ritos. No importa su origen. Ha podido probarse que casi todos ellos son anteriores a la Iglesia; pero al adoptarlos y perpetuarlos en la sociedad cristiana, la Iglesia eliminó de ellos cuanto había de supersticioso y menos edificante, y les infundió un alma nueva, luminosa e inocente.  Restos de milenarias civilizaciones, tan antiguos acaso como el hombre, se conservan aún en bellas ceremonias, henchidas de gracioso simbolismo. De las costumbres romanas nació el uso de la corona nupcial. A pesar de las protestas y aspavientos de Tertuliano, ya no será Eros el que presente las coronas a los esposos en los jarrones y en los mausoleos, sino el mismo Cristo. El anillo seguirá siendo la prenda de una promesa solemne, el anillo de la fe, como dicen los viejos textos, aunque el hierro se transforme en oro, y el oro se adorne de brillantes y rubíes, sin eliminar por eso la fórmula expresiva del contrato, que se convierte dentro de la liturgia cristiana en forma del sacramento. Los pueblos germánicos dejan también su huella en la ceremonia de la entrega de las arras, que tenían el carácter de regalo familiar, o tal vez eran el precio de la esposa. Cuando los enviados de Clodoveo llegan a la corte de Borgoña en busca de la princesa Clotilde, su primer acto es presentar un sueldo de oro y un dinero, es decir, trece dineros, para poder llevarse a la que va a ser esposa de su rey. La reunión de las manos, figura natural de la unión de las almas, podría ser tan antigua como la humanidad. Signo de la toma de posesión, era el rito esencial en Grecia y en Roma, se usaba en las regiones del Eufrates y del Nilo, y tenía un puesto en las tradiciones hebreas. “Que el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob sea con vosotros; que os una Él mismo y se realice en vosotros su bendición”, dijo Raquel, colocando la mano derecha de Sara sobre la mano derecha del joven Tobías.

Todos estos ritos han sido transfigurados al entrar en la liturgia nupcial del Cristianismo. Profanos un tiempo, manchados de idolatría y superstición, se despojaron de la vieja escoria y se vistieron de luz y de verdad. Las palabras que les acompañan les dieron un más alto sentido, y la gracia, que santifica el amor y le perfecciona, y le hace más sabio, más tierno, más justo y más misericordioso, y más duradero, les santifica también a ellos, y pone en ellos, sobre la plenitud del sentido histórico, sobre la expansión de la vida natural, una sensación profunda de optimismo, una conciencia íntima de seguridad, una garantía de dicha y un germen fecundo de bienes del cielo y de la tierra. Nada pereció de cuanto era bello y noble. El agua, que el egoísmo había encenagado, fue convertida en vino generoso e incorruptible.

* Fr. Justo PÉREZ DE URBEL: Itinerario litúrgico. Bs. As., Poblet, 1945, Cap. IX